
Parece un diparate, pero es cierto. Jamás he dejado de estudiar desde que a los 4 años de edad entré por vez primera en un aula de los llamados Kindergarten. Desde entonces, mi mejor amigo ha sido un libro. Unas veces grande y obeso como un diccionario o una enciclopedia, otras veces menos grueso, pero fuerte como una novela de algún escritor clásico con carátula de cuero, en ocasiones luce delgado y frágil como una colección de cuentos o narraciones cortas, a veces lo noto lánguido y lleno de ensueños, como un buen poema de amor y las más de las veces suelen ser amigos volátiles, pasajeros e informales como las revistas, folletos y libretas de consultas. Esto quiere decir que he vivido rodeado de grandes amigos, leales, callados, instruídos, cuyo anhelo solo es enseñarte algo y complacer tus más elevadas exigencias y expectativas. Y es que un libro es una ventana abierta a lo desconocido, un puente desde donde miramos el rio turbulento de la vida pasar sin que nos arrastre con su cauce indetenible, un balcón desde donde todo luce más hermoso y al alcance de la mano. Estos amigos son los mejores consejeros del mundo. !Cuántas veces me han sacado de apuros! Cierta vez opté por una plaza de reportero de una redacción cultural y la jefa me escogió porque ella adoraba la obra de Honorato de Balzac y yo era su mejor lector. Nos pasamos más de una hora hablando de las técnicas literarias utilizadas por el famoso escritor, su aprehensión de la realidad, sus extraordiunarias dotes narrativas y al final del diálogo, yo era un miembro más de la augusta plantilla de redactores de esa prestigiosa institución. Me duele en el corazón cuando veo alguno de esos potenciales amigos llenos de polvo en algún rincón oscuro de una librería o desechados y lanzados a la basura como cosa mala !Cómo si un libro fuera algo inservible! Siempre, pero siempre, ellos tienen algo que decirnos. No dejen de escucharlos. ELPROFE
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